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Asustado, dubitativo, desconfiado…

Fotografía: Josep Vecino/Semana56
Fotografía: Josep Vecino/Semana56

Era una época en la que recién empezaba a trabajar. Aún no era El Destajador. Lo acepto, era un prototipo de hombre capaz de beber hasta tres días en hilillo sin chuchaqui. Mis destajos de aquellos días eran ir por el sendero del exceso. Habría sido bueno si, al menos, hubiese tenido plata. Tenía la actitud destajadora, pero no la plata. Ni siquiera ahora, que veo tan lejanos los años 90. Para ser más claro, el 99. ¡Qué año tan brutal! Hasta para un destajador en ciernes…

Recuerdo que andaba desesperado. Todos los días iba a la empresa a buscar mi liquidación. Pero desde hacía una semana tenía prohibido pasar de la puerta principal. Ya me habían advertido que me sacarían a patadas, que me llamarían. Y, finalmente, me dijeron que vaya ese día, 7 de octubre de 1999, a las 12 en punto de la tarde, para retirar el tan prometido cheque. La verdad, ya me había acostumbrado en ese tiempo a levantarme tarde, a buscar primero los cigarrillos y, una vez inhalado las primeras pitadas, buscar la comida que mis padres me hubiesen dejado allí, en la mesa. A veces unos oritos con un vaso de leche, a veces pan. Casi siempre pan. Y tomaba la guitarra y me ponía a sacar canciones al oído. Héroes del Silencio, The Cure, Segundo Rosero, The Police, Ilegales, Pearl Jam, Franco de Vita que era lo que me gustaba por ese entonces. Andar desempleado era una mierda. Lo tengo que aceptar. Justo ese día me levanté legañoso, con un conato de chuchaqui que mis años de juventud me ayudaban a esquivar y con una sensación de que algo iba a pasar. Algo no necesariamente bueno. No entendía el alboroto de las vecinas afuera, en la calle. Incluso me golpearon la ventana. Abrí el visillo y las viejas esas me llamaba, me decían que saliera.

Veci, venga a ver el espectáculo, me decía doña Michita. Salí y lo vi, era el Guagua Pichincha erupcionando con un exquisito sentido de la perfección. Cigarrillo en la boca, eran casi las 8:30, creo. Me emocioné por el perfecto pincelazo blanco sobre el lienzo azul del cielo quiteño. Me despedí de las vecinas y su murmullo de: y ahora, hija, qué hacemos, me muero, hija, que Dios nos coja confesadas. Y qué bueno que Dios no es argentino, porque si no eso de que las cogiera confesadas… jaja, ni que fuera bagrero. Y luego a tocar guitarra hasta el hastío, aunque en esa época no me hastiaba el rasgueo torpe de mis dedos en esos acordes de quintas. Bañarme y quedar a buscar a Alina Reyes, mi dizque novia que estudiaba filosofía en la Central. Tenía el mismo nombre que la chica del cuento de Cortázar… hermosa e improbable coincidencia. Hasta ahora no me la creo. No recuerdo si ella estudiaba filosofía, lo que sí era cierto es que estudiaba una carrera en la Facultad de Filosofía. La tomé de la mano y la llevé a la empresa para ir a recoger el cheque de mi liquidación de hace tres meses. En esa época, aún no era El Destajador. En esa época tenía novia y era triste que no tuviera para invitarle ni una botella de agua, que se habían puesto de moda hacía muy poquito como un souvenir de sofisticación capitalina, y ella con su voz suavecita me decía que estaba emocionada, que había bajado de peso y me mostraba el espacio de entre su incipiente barriguita y su cada vez más holgada falda para graficarme que estaba más esbelta y me decía, te das cuenta, toca, mete la mano, y la verdad me porté tan valiente como pude y metí mi mano en su falda por arriba, por la cintura, y no por debajo… ah, los maravillosos años finales de los noventas que hicieron que mi novia estuviera feliz y flaca porque no tenía plata para andar comprando papas fritas, ni dulces, porque sus padres con las justas tenían para darle para el bus. Ya eran casi las 12 y el viento traía la ceniza del Guagua Pichincha a las calles de Quito. Tomé el cheque y mi idea era cobrarlo para invitarle un almuerzo rico a Alina. Pensaba en los sánduches de Don Soto, y luego creí que con toda esa plata sería mejor comer un steak en ese restaurante de la Colón y Nueve de Octubre que ahora mismo se me va el nombre. Pero Alina se empeñó en que no lo cobrara. Y yo por amor, o por una atroz variante del amor en plena juventud, en vez de hacerle caso a mi instinto de gastar le hice caso a ella. Craso error, Alina dos semanas después terminó enojándose conmigo porque le había reclamado que no me dejó cobrar el cheque y gastar esa liquidación ese día, porque ese mismo día el sucre se había devaluado y creo que ya ni alcanzaba para una cena en el restaurante de steaks, quien sabe si para al menos los sánduches. Y nunca más volvimos a vernos, como una maldición gitana, como una mala brujería que me lleva hoy a sentirme en la misma situación, 17 años después, con esa sensación de tiempos difíciles. No sé por qué ando con ese escalofrío de que algo parecido va a ocurrir. Lo sé, es ese dinero electrónico el que me tiene así, asustado, dubitativo, desconfiado… no me da buena espina.

 

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Periodistas apasionados por sus trabajos de buscar y encontrar historias que interesen, que conmuevan, que retraten el mundo. También contamos noticias, pero les damos un toque de análisis, para resaltar lo que consideramos pudiera ser interesante para nuestros lectores.

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One comment

  1. ¿Quién será el Destajador? Me gustaría darle unas ideas sobre lo peligroso del dinero electrónico

     

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